Recorté dos pedazos de papel burbuja, y los puse en los pies de Paolo como si fueran zapatos, atándolos con una elástico (de esos que venden para hacer pulseritas)
Extendí en el suelo los cartones recogidos la última vez que compramos un eletrodoméstico y me despedí de un bote entero de pintura azul acrílica que tenía sus minutos contados desde el momento lo destapé.
Todo lo demás fué trabajo de Paolo que hizo su recorrido pictórico con una satisfacción sanamente envidiable.









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